Bajo el cielo de Comalapa


El otro día, escuchando un disco compacto de la Herencia Maya-Quiché, me sorprendió oír de nuevo y después de tantos años la pieza cuyo nombre encabeza este artículo. Desconozco el nombre del autor, pero la composición me llevó a tiempos pasados. Ocurre que yo conocí aquel pueblo cuando tenía unos 20 años, y lo aborrecí por su carretera, que era como las de mi pueblo. Para llegar a aquella fiesta, literalmente había que tragar polvo. Yo no sé por qué fui, no estaba buscando novia; pero el asunto es que unos amigos me convencieron de ir a la fiesta de San Juan, un 24 de junio.

En aquel entonces casi se bailaba entre el lodo que formaban los desagües a flor de tierra de lo que era el mercado de aquella localidad. Aún no existía el salón municipal. Recuerdo que después de la media noche no encontramos dónde alojarnos y tuvimos que ir a pedir “posada” en la primera camioneta que salía de aquel municipio. Aquella empresa de transportes, ahora desaparecida, se llamaba “Estrellita de la Mañana”. Al regreso, bajar aquel barranco y luego subir fue el mismo tragadero de polvo.

Lo irónico del asunto es que después terminé enamorándome de una joven de aquel municipio, con quien terminé casándome y quien de cierta manera marcó mi vida. Por eso es cierto que nunca hay que escupir al cielo o decir “de esta agua no he de beber”.

Han sido tantos años ya, y ahora que escucho aquella pieza me acuerdo de lo que nunca debí haber dicho y me río de mí mismo. En Comalapa pasé innumerables fines de semana, allá comencé mi ejercicio de abogado y disfruté los deliciosos almuerzos que doña Vicenta preparaba; aguacates ni había que ir a comprar porque caían de un árbol sembrado en el patio, donde gallinas y chompipes engordaban casi a su antojo. Los restos del terremoto de 1976 todavía eran evidentes para una reconstrucción que nunca ocurrió. Conocí un poco los alrededores de aquel pueblo y supe de los horrores de la guerra. Esto no fue nada agradable, sobre todo ahora que se conoce más sobre las exhumaciones. Me acuerdo de algunos conocidos que por el solo hecho de entonar canciones “de protesta” terminaron siendo ejecutados por el Ejército de este país de otros. Por eso, después de haber visto la película del Azul al Cielo nada me pareció extraño y me identifiqué con la reconciliación con el dolor que conduce a la pintora hacia el cementerio en la escena final. Pero volviendo al asunto personal, aquella joven de la que me enamoré es ahora un recuerdo muy noble, de vez en cuando nos comunicamos y a veces tengo la fortuna de poder contarle mis penas y tristezas.

Ella también, a veces, hace lo mismo, asunto que siempre agradeceré a la vida y a ella. Conté una vez que me soñé camino a aquel pueblo yendo en moto, y al pasar la aldea Rincón Grande, de bajada al río que está al fondo del barranco, el Pixcayá, me encontré un jaguarcito negro deambulando por el barranco, que me lo llevé sentado enfrente de mí, como nagual protector, para cruzar aquel lugar solitario.

Al llegar al pueblo alquilé una habitación y dejé al pequeño jaguar de guardián en la puerta, pero al reaccionar a media madrugada me acordé que éste tenía que comer. Salí a buscarlo, pero ya no estaba. Me preocupé por lo que podría haber ocasionado; caminé por las calles desiertas del pueblo a esa hora y no lo volví a ver esa vez (lo encontraría de nuevo en sueños en otro lugar), pero en esa ocasión me sentí protegido por el Cielo de Comalapa.


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