A la chucha


El jueves por la noche, el presidente Álvaro Colom sorprendió a los televidentes de los canales de su benefactor mexicano al informarnos sobre actos de espionaje en su oficina y en su casa.

Al enseñar las cámaras y micrófonos utilizados para esos menesteres, una primera reacción fue creer que eso solo ocurría en películas o que Colom es un cinéfilo. Para que lleguen con aparatos a espiar la Casa Presidencial y la propia residencia del presidente, es un escándalo. Solo allegados suyos pudieron haberlo hecho, o demuestra que los encargados de su seguridad son incompetentes o cómplices. Que esa práctica viene desde antes, tal vez, pero no había sido comprobado, según algunos reportes de prensa. Lo que sí ha de ser nuevo es lo de su casa y oficina privada, en la zona 14, a no ser que los “orejas” ya hayan sabido desde hace muchos años atrás que él llegaría a ser presidente, en cuyo caso serían otros los responsables. Lo que no deja de sorprender es que ni siquiera se ha empezado a aclarar el asunto y ya Colom anticipó que el ex secretario de Asuntos Administrativos y Seguridad (SAAS) no estaría implicado, sino personal cercano. ¿Cómo lo sabe? ¿Por agorero, aunque a él le encanta decir que es ajkij, o porque miembros de la seguridad que le han fallado así le informaron? Esto de que “alguien” escuche llamadas telefónicas es un tema tan conocido, que por eso se dice que cuando uno cuenta chistes siempre se ríen tres. Por eso también y como ejercicio lingüístico, otros que tenemos la ventaja de ser “incultos” y “atrasados” mejor contamos graciosidades en “lengua”, y aquí, afortunadamente, tenemos más de 20 idiomas.

Si es cierto que todos los ciudadanos de a pie somos escuchados, que a un presidente de la República lo espíen de esa manera causa vergüenza ajena. Antes se sabía que quienes hacían esas escuchas eran miembros de la contrainsurgencia, y ahora parecen ser otros. Que el espionaje es una práctica, es innegable. Hace un tiempo me contó un amigo periodista que, para intimidarlo, lo llamaron a su celular, para indicarle que en ese preciso momento sabían el lugar por donde iba pasando, lo cual era cierto. No pongo en duda lo ocurrido en la Casa Presidencial, lo que genera cierta incredulidad es que sea Álvaro Colom quien lo diga, cuando él ha demostrado que cada vez hay que creerle menos. Ofreció el oro y el moro a los campesinos para que votaran por él, y ¿qué ha resultado? Manifestaciones y tomas de carreteras, porque como candidato habló de más. Ofreció un equipo de gobierno incluyente y con “rostro maya”, y ¿qué ha resultado? Un vaso de atol y actos folclóricos. La última de sus víctimas en su rosario de ofrecimientos tal vez ha sido su propio maestro, a quien ya hace casi un mes nombró embajador de los pueblos indígenas, cuando lo correcto era haberlo llamado “embajador indígena de Colom”.

Ahora que acaba de iniciarse una nueva cuenta del Cholq’ij, uno no puede dejar de preguntarse por don Cirilo y su puesto de embajador. Y como Colom dice o se le atribuye ser sacerdote maya, con este asunto del espionaje se demuestra que eso que él puede adivinar el futuro no es cierto. Agorero, tal vez, puede ser. Muy aparte es ser de los que pueden leer el tiempo, como humildemente hicieron los padres primigenios mayas, otra es atribuirle al Cholq’ij un determinismo, y muy distinto es manejar la cuenta de los días como si fuera horóscopo.

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