Día de difuntos


Creo que solo para estos días se puede pensar que el pasado fue mejor, siempre y cuando hablemos de momentos agradables que vivimos con los que ya no están en este reino de maldad y corrupción.

Recordar a los que ya se fueron a Xibalba, al inframundo o al purgatorio conforme las distintas creencias religiosas, quizás nos haga olvidar por un rato el infierno terrenal al que nos ha llevado el FRG. Estos son días para dedicar a los seres queridos que ya no están con nosotros, son días para visitarlos y de manera metafórica, para hablar con ellos, compartir con ellos.

Tal vez por esto, en el cementerio de mi pueblo natal hay más festejo que tristeza. Este es un festejo solemne en el que participan vivos y muertos, donde se congregan familiares distantes y es quizás la única oportunidad anual de encontrarse con los amigos de infancia.

En mi pueblo, la preocupación no es el fiambre; sino el ayote en dulce con elotes y camotes. En San Andrés Xecul es arroz con leche, y en otros lugares son frijoles blancos. Desde muy temprano las familias se dedican a preparar las flores y coronas que depositarán por la tarde en los sepulcros de los que ya se han ido.

Mientras la tarde cae, el cementerio cobra vida; más y más visitantes llegan a adornar los sepulcros. El olor a pino y el incienso aromatizan el ambiente. El dolor se olvida o se oculta, se habla con los muertos cual personas ausentes que no estaban enteradas de los últimos hechos familiares. A los muertos se les da la vida y se les convida a comer, a beber y a veces hasta a escuchar la música que en vida disfrutaron. Antes, había una sola banda de música en el lugar, ahora son tres, por lo menos.

Las familias quieren recordar y agradar a sus muertos. Todos saben que esto no es posible; pero cada quien hace lo mejor que puede, tal vez pensando que cuando nosotros mismos estemos en ese lugar, también nos gustaría ser recordados de la misma manera. Los muertos también participan de nuestras tristezas y en su silencio nos consuelan a su manera.

El cementerio de Cantel está en una loma, es una de las partes más altas del lugar que ve de frente la salida del sol y está resguardado por unos cipreses viejos. Cada mañana, la luz del día despierta primero a los muertos y después a los vivos. En esta época, el vaho que se levanta en la madrugada simboliza el alma de los difuntos que salen al encuentro de los vivos.

El camino que lleva al cementerio es empinado, y ahora más que nunca se llena de gente que sube y baja. Las antiguas animosidades quedan sepultadas, todos son amigos, quizás porque la muerte nos recuerda un camino común, o tal vez porque se sobrepone la memoria de los ancestros.

KAQIL BA KIB JELA’. Kinbij apan chike ri wachbilal chi kaqil ba na qib chuweq xeqal pa jom. Kine’ ba wa’ che unaʼ’tajik nunan, wanab, watiʼt, numam puch.


NB: “¿Qué le gustaría al difunto?” Foto de Rous Véliz, tomada de https://flic.kr/p/aBDttS

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